Publicado: 9 de Diciembre de 2015

Conocemos a muchas personas que están todo el día temiéndose calamidades y dibujando escenarios catastróficos sobre lo que puede suceder. De hecho, todos adoptamos a veces esa actitud trágica y nos hundimos en un mar de perspectivas tan terribles como improbables. Sin embargo, esta capacidad de prever “lo peor que puede pasar” para poner los medios necesarios y sobrevivir a la catástrofe es justamente una ventaja evolutiva del ser humano respecto a otras especies. Las ciudades de la antigüedad se amurallaban para protegerse del supuesto ataque de los bárbaros y hoy día en las zonas sísmicas se construyen edificios capaces de resistir grandes temblores de tierra. Son medidas inteligentes que aportan seguridad y han ayudado a minimizar el desastre cuando llega.

El problema es cuando esa forma de pensar se traslada a la vida personal y empezamos a vivir con la ansiedad de que todo nuestro mundo, o aquello que consideramos más valioso, se va a venir abajo. Seguir leyendo

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