Publicado: 27 de Octubre de 2016

M. se dispone a ir al trabajo. Como cada día, revisa que ha cogido llaves, teléfono, cartera. Al salir, comprueba que ha cerrado la puerta correctamente. Para ello, la abre y la vuelve a cerrar. Coge el ascensor y duda si ha dejado alguna ventana abierta. Vuelve a subir, abre la puerta y comprueba todas las ventanas. Sale de casa y espera impaciente el ascensor. Durante el trayecto de bajada imagina que no ha cerrado la puerta correctamente. Lucha contra ese pensamiento. Se inquieta, se rinde y emprende el trayecto de vuelta a su apartamento. La puerta está cerrada. Abre de nuevo y echa doble llave. Baja en el ascensor e impaciente duda si habrá dejado la llave puesta. Sonríe al ver que tiene las llaves en la mano. Las guarda en el bolsillo. Sale a la calle, camina unos metros y se para. Le asalta una imagen de la puerta abierta de casa. Duda de nuevo si estará todo bien cerrado. Respira profundamente, mira el reloj, repasa mentalmente que ha cogido todo, comprueba los bolsillos y lucha contra el impulso de volver a subir a casa. No lo consigue. Vuelve a subir para hacer una última comprobación.
Para una generación de treintañeros y cuarentañeros (los cuarentones ya casi no existen), el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) tiene cara de Jack Nicholson en Mejor imposible, caminando por la calle sin pisar las juntas de los baldosines. Para la siguiente generación, la de los millennials, probablemente el TOC se parezca a Lena Dunham en Girls, golpeando el hombro de un desconocido ocho veces tras un tropezón fortuito. Son retratos de trazo grueso que no llegan a reflejar la realidad de un trastorno mental que condiciona gravemente la vida de las personas que lo sufren. Sin embargo han puesto en el mapa al TOC que, a pesar de su prevalencia, es un gran desconocido para el gran público.Seguir leyendo
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